domingo, 4 de septiembre de 2016

Vecinos

Me he mudado de casa. He abandonado la casa en la que he vivido los (casi) últimos veinte años y he dejado atrás Chonilandia. Durante cuatro meses hemos hecho obra en la antigua casa de mis abuelos y nos ha quedado una casa chiquita pero linda en un barrio un poco mejor.

La obra en realidad ha sido obrón, hemos tirado todas las paredes abajo menos un muro de unos dos metros y lo hemos redistribuido todo. Adiós a ese pasillo angosto y oscuro que se comía media casa. Me cuentan mis tíos y mi madre que mi abuela siempre maquinaba mil y una formas de deshacerse de él y que ahora estaría feliz de ver que ha desaparecido. Adiós al gotelé que me raspaba cuando dormía en mi antigua litera y adiós al viejo parqué, cuyas tablillas se levantaban y bajo las cuales yo escondía notas con secretos cuando era pequeña. Ya ha dejado de ser la casa de mis abuelos, donde yo pasaba parte del verano y donde viví dos años cuando vine a estudiar y ahora es nuestra casa. Ha desaparecido su espacio, pero nos hemos creado el nuestro.

Lo que apenas ha cambiado es el patio, que mis abuelos tenían lleno de plantas y flores.Yo estoy intentando tenerlo así, aunque en mi vida he tenido plantas más allá de la planta zombie que tenía en mi anterior casa. Lo que sí ha cambiado en el patio es que ahora tengo vecinos. Donde antes había un tejado, ahora el propietario de la casa ha hecho otro patio como el mío. La pareja que vive ahí, un par de sesentones divorciados o viudos arrejuntados, se pasan media vida en su patio. Yo he puesto una valla de cañizo separando los dos patios para que no me vean, que el asunto era muy indiscreto. Salir a desayunar en pijama y tener que saludar al vecino que está viendo la tele espanzurrado en su patio no era mi idea de desayuno tranquilo y agradable. 

Lo grande es que ellos no están acostumbrados a tener vecinos y no se dan cuenta de lo mucho que se oyen sus conversaciones y su día a día. A juzgar por lo que les he oído, tienen una relación curiosa, de discutir mucho y quererse más. Hablan bastante de sexo y de amor, cosa que es maravillosa, siempre y cuando no tengas testigos indeseados. Y, desde mi lado de la valla, sinceramente, hay cosas que no quiero saber. Así que cuando salgo a la terraza, me anuncio. Llamo a los gatos, le digo cosas al Anómalo desde el patio, pongo la lavadora... y cuando se me acaban las excusas para hacer ruido o cuando estoy haciendo actividades silenciosas como arreglar las plantas, canto. Canto para que sepan que estoy ahí. Canto y sonrío. Sonrío porque de repente me acuerdo de mi abuela, en ese mismo patio, cantando coplas con su voz de antigua mientras barría. Me gusta recordarla y que siga conmigo en esta casa, aunque todo haya cambiado. Consuela pensar que, aunque los espacios muten y lo físico desaparezca, siempre podemos traer al presente a los que queremos a través de los actos más pequeños.

(Ay, qué coelhiano absurdo me ha quedado esto último. Por dios, la brigada anti-cursis, deténganme).